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XXII

veces unida a ciertos sentimientos muy desagradables que, excepto desde un punto de vista moral, como penitencia, como lección, como una fuente de provechosa humillación para su propia mente, habría dado las gracias de tener la seguridad de no volver a verlo nunca. Le deseaba mucho bien; pero él le causaba dolor, y su bienestar a veinte millas de distancia le proporcionaría la mayor satisfacción.

Sin embargo, el dolor de su continuada residencia en Highbury debía verse sin duda mitigado por su matrimonio. Con él se evitarían muchas vanas inquietudes y se suavizarían muchas incomodidades. Una señora Elton sería la excusa para cualquier cambio en el trato; la antigua intimidad podría desvanecerse sin llamar la atención. Sería casi como volver a empezar su vida de buenas maneras.

De la señora, en lo tocante a ella misma, Emma pensaba muy poco. Era lo bastante buena para el señor Elton, sin duda; lo bastante educada para Highbury; lo bastante hermosa como para —con toda probabilidad— parecer sosa al lado de Harriet.

En cuanto a su familia, al respecto Emma estaba sumamente tranquila; convencida de que, a fin de cuentas, tras sus propias pretensiones jactanciosas y su desdén hacia Harriet, él no había ganado nada. Sobre este punto, la verdad parecía al alcance de la mano.

Quién era ella, debía ser incierto; pero de dónde venía podía averiguarse; y, dejando a un lado las 10 000 libras, no parecía que fuese en absoluto superior a Harriet. No aportaba ni nombre, ni alcurnia, ni alianza alguna.

Miss Hawkins era la menor de las dos hijas de un comerciante de Bristol⁠—por supuesto, había que llamarlo así; pero, como la totalidad de las ganancias de su vida mercantil parecía tan sumamente moderada, no era injusto adivinar que la dignidad de su rama comercial había sido muy moderada también.

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