Así que le rogué que no lo hiciera —porque, en verdad, en cuanto a que se nos hubieran acabado, no podía asegurar del todo que nos quedaran muchísimas; no eran más que media docena, en efecto; pero debían guardarse todas para Jane—, y no soportaba en absoluto que nos estuviera mandando más, con lo generoso que ya había sido; y Jane dijo lo mismo. Y cuando se hubo ido, casi se peleó conmigo... No, no debería decir se peleó, porque jamás hemos tenido una pelea en la vida; pero estaba muy angustiada de que yo hubiera confesado que las manzanas casi se habían acabado; deseaba que le hubiera hecho creer que nos quedaban muchísimas. Oh, le dije, querida, sí que dije todo lo que pude.
Sin embargo, esa misma tarde vino William Larkins con una cesta grande de manzanas, de la misma clase de manzanas, un celemín al menos, y se lo agradecí muchísimo, y bajé a hablar con William Larkins y le dije de todo, como se puede suponer. ¡William Larkins es un conocido de toda la vida! Siempre me alegra verle. Pero, sin embargo, luego me enteré por Patty, de que William había dicho que eran todas las manzanas de esa clase que tenía su amo; las había traído todas, y ahora su amo no le quedaba ni una para asar o cocer. A William parecía no importarle, estaba tan contento de pensar que su amo había vendido tantas; porque William, ya sabes, piensa más en el beneficio de su amo que en cualquier otra cosa; pero la señora Hodges, dijo, estaba muy disgustada de que se las hubieran llevado todas. No soportaba que su amo no pudiera comer otra tarta de manzana esta primavera.