cruzó la puerta) ¡Vaya! ¡Esto sí que es brillante!—¡Esto es admirable!—Magníficamente apañado, tengo que decirlo. No le falta nada. No habría podido ni imaginárselo.—¡Tan bien iluminado!—¡Jane, Jane, mira!—¿has visto algo igual? ¡Oh! Sr. Weston, de verdad que debe de haber tenido la lámpara de Aladino. La buena de la Sra. Stokes no reconocería su propia sala. La vi al entrar; estaba de pie en el recibidor. «¡Oh! Sra. Stokes—le dije—», pero no tuve tiempo para más.
Fue recibida entonces por la señora Weston.—«Muy bien, gracias, señora. Espero que esté usted muy bien. Me alegra muchísimo oírlo. ¡Qué miedo tenía de que le doliera la cabeza!, al verla pasar tan a menudo y sabiendo el mucho trabajo que debe de tener. Encantada de oírlo, la verdad. ¡Ah!, querida señora Elton, ¡le estoy tan agradecida por lo del carruaje!, a la hora perfecta. Jane y yo listas del todo. No retuvimos a los caballos ni un momento. Un carruaje comodísimo.—¡Oh!, y estoy segura de que debemos darle las gracias a usted, señora Weston, por ese motivo. La señora Elton había tenido la gran amabilidad de enviarle una esquela a Jane, o habríamos estado... ¡Pero dos ofertas así en un mismo día! Jamás ha habido vecinos iguales. Le dije a mi madre: «A fe mía, señora...». Gracias, mi madre está extraordinariamente bien. Ha ido a casa del señor Woodhouse. La obligué a llevarse el chal —porque las noches no son cálidas—, su chal grande y nuevo, el regalo de boda de la señora Dixon. ¡Qué amable por su parte acordarse de mi madre! Comprado en Weymouth, ya sabe, elección del señor Dixon. Había otros tres, dice Jane, sobre los que estuvieron dudando un buen rato. El coronel Campbell prefería más bien uno verde oliva».
Mi querida Jane, ¿estás segura de que no te has mojado los pies?—Fue solo una gota o dos, pero tengo tanto miedo:—pero el señor Frank Churchill fue tan sumamente—y había una estera para pisar—jamás olvidaré su extrema gentileza.—¡Oh! Señor Frank Churchill, debo decirle que las gafas de mi madre no han vuelto a fallar desde entonces; el