Emma, al llegar a casa, llamó inmediatamente al ama de llaves para hacer recuento de sus provisiones; y poco después envió a casa de la señorita Bates una remesa de arrurruz de excelente calidad acompañada de una nota muy amistosa.
Media hora más tarde, el arrurruz fue devuelto con mil agradecimientos por parte de la señorita Bates, pero «su querida Jane no se había querido quedar con él y exigía que lo devolvieran; era algo que no podía aceptar y, además, insistía en que dijera que no le hacía falta absolutamente nada».
Cuando Emma se enteró más tarde de que habían visto a Jane Fairfax vagando por los prados, a cierta distancia de Highbury, la tarde de aquel mismo día en que, con el pretexto de no encontrarse con fuerzas para caminar, se había negado de manera tan tajante a salir con ella en coche, no le cupo la duda —atándolo todo cabos— de que Jane estaba decidida a no aceptar ninguna muestra de amabilidad por su parte. Lo sentía, lo sentía muchísimo. Su corazón se afligía ante un estado que parecía aún más digno de lástima debido a aquel tipo de irritabilidad anímica, inconsistencia de conducta y desigualdad de facultades; y la mortificaba que le reconocieran tan poco los buenos sentimientos, o que la estimaran tan poco digna como amiga: pero le quedaba el consuelo de saber que sus intenciones eran buenas, y de poder decirse a sí misma que, si el señor Knightley hubiera estado al corriente de todos sus intentos de ayudar a Jane Fairfax, si hubiera podido incluso leer en su corazón, en esta ocasión no habría encontrado nada que reprocharle.