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LI

Pensárase que debía de reparar en el posible perjuicio para el pobre niñito; y, sin embargo, solo esbozó ante ello una sonrisa pícara y consciente, y halló diversión en descubrir la verdadera causa de aquella violenta aversión a que el señor Knightley se casara con Jane Fairfax, o con cualquier otra, que en su momento había atribuido por completo a la amable solicitud de la hermana y la

Esta propuesta suya, este plan de casarse y continuar en Hartfield; cuanto más lo contemplaba, más grato le resultaba. Sus males parecían disminuir, sus propias ventajas aumentar, y el bienestar mutuo de ambos superaba cualquier inconveniente. ¡Qué compañía para sí misma en los períodos de ansiedad y desolación que tenía por delante! ¡Qué compañera en todos aquellos deberes y preocupaciones a los que el tiempo iría añadiendo una melancolía creciente!

Habría sido demasiado feliz de no ser por la pobre Harriet; pero cada bendición propia parecía implicar y avivar los sufrimientos de su amiga, quien ahora debía incluso quedar excluida de Hartfield.

De la encantadora reunión familiar que Emma estaba asegurando para sí misma, la pobre Harriet debía, por una mera precaución caritativa, mantenerse alejada. Sería una perdedora en todos los sentidos. Emma no podía lamentar su futura ausencia como un detrimento para su propio disfrute. En una reunión así, Harriet resultaría más bien un peso muerto antes que otra cosa; pero para la propia chica, parecía una necesidad particularmente cruel la que iba a situarla en tal estado de inmerecido castigo.

Con el tiempo, por supuesto, el señor Knightley sería olvidado, es decir, suplantado; pero no cabía esperar que esto ocurriera muy pronto. El propio señor Knightley no haría nada para ayudar a la cura; —no como el señor Elton. El señor Knightley, siempre tan bondadoso, tan

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