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XXIII

de la señorita Woodhouse, que la señorita Woodhouse el de la señorita Taylor. Y al fin, como si estuviera decidido a aderezar por completo su opinión para que llegara a oídos de la aludida, la remató expresando su asombro ante la juventud y la belleza de su persona.

—De unos modales elegantes y agradables, ya estaba prevenido —dijo—; pero confieso que, bien mirado todo, no esperaba más que a una mujer de cierta edad medianamente apuesta; no sabía que iba a encontrar en la señora Weston a una mujer joven y bonita.

—No puedes ver demasiada perfección en la señora Weston para lo que yo siento —dijo Emma—; si adivinases que tiene dieciocho años, te escucharía con gusto; pero ella estaría dispuesta a pelearse contigo por usar tales palabras. No dejes que se imagine que has hablado de ella como de una mujercita bonita.

—Espero saber comportarme mejor —respondió—; no, téngalo por seguro (con una gallarda reverencia) que al dirigirme a la señora Weston sabría a quién puedo alabar sin ningún peligro de que se me considere extravagante en mis expresiones.

Emma se preguntó si la misma sospecha respecto a lo que cabía esperar de que se conocieran, que se había adueñado firmemente de su mente, se le habría cruzado alguna vez a él; y si sus cumplidos debían considerarse muestras de aquiescencia o pruebas de desafío.

Necesitaba ver más de él para comprender su forma de ser; por el momento solo sentía que eran agradables.

No tenía ninguna duda de lo que el señor Weston estaba pensando a menudo. Su mirada rápida la sorprendió una y otra vez lanzando hacia ellos una expresión feliz; e incluso cuando pudo haber decidido no mirar, estaba segura de que a menudo estaba escuchando.

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