Emma y Harriet habían estado paseando juntas una mañana y, en opinión de Emma, ya habían hablado bastante del señor Elton por ese día. No creía que el consuelo de Harriet ni sus propios pecados requirieran más; por lo tanto, mientras regresaban, se esforzaba afanosamente por apartar el tema;—pero este volvió a surgir cuando creía haberlo conseguido, y tras hablar un buen rato de lo que los pobres debían sufrir en invierno, y sin recibir otra respuesta que un muy melancólico—«¡El señor Elton es tan bueno con los pobres!», comprendió que había que hacer otra cosa.
Se iban acercando a la casa donde vivían la señora y la señorita Bates. Decidió hacerles una visita y buscar refugio en la multitud.
Siempre había motivos suficientes para semejante atención; a la señora y a la señorita Bates les encantaba que las visitaran, y ella sabía que los muy pocos que se atrevían a verle algún defecto la consideraban bastante negligente en ese aspecto, y pensaban que no aportaba lo que debía al caudal de sus escasas comodidades.
Había recibido más de una indirecta del señor Knightley, y algunas de su propio corazón, respecto a su deficiencia—, pero ninguna bastaba para contrarrestar el convencimiento de que era algo muy desagradable—, una pérdida de tiempo—, mujeres pesadas— y todo el horror de correr el peligro de cruzarse con la segunda y tercera categoría de Highbury, que les hacían visitas sin parar, razón por la cual rara vez se acercaba a ellas. Pero ahora tomó la repentina resolución de no pasar por delante de su puerta sin entrar—, señalando, al proponérselo a Harriet, que, según podía calcular, en ese preciso momento estaban a salvo de cualquier carta de Jane Fairfax.