Que jamás hubiera podido dar rienda suelta a un sentimiento tan amable cruzó la mente de Emma con suspicacia; pero aun así, si era una falsedad, era una mentira agradable y manejada con gracia. Su modo de actuar no tenía aire alguno de premeditación o exageración. Ciertamente, parecía y hablaba como si se hallara en un estado de disfrute nada común.
Sus temas en general eran de esos propios de un conocimiento incipiente. Por su parte eran las preguntas: «¿Era amazona?—¿Paseos agradables?—¿Caminatas agradables?—¿Tenían un vecindario grande?—¿Highbury, tal vez, ofrecía suficiente vida social?—Había varias casas muy bonitas dentro y en los alrededores.—¿Bailes—tenían bailes?—¿Era una sociedad musical?».
Pero cuando se convenció de todo esto, y su conocimiento hubo avanzado en la debida proporción, se las ingenió para encontrar la oportunidad, mientras sus dos padres estaban ocupados el uno con el otro, de presentar a su madrastra y de hablar de ella con tantos y tan hermosos elogios, con tanta y tan cálida admiración, con tanta gratitud por la felicidad que le aseguraba a su padre y por la amabilidad con que ella misma había sido recibida, que constituyó una prueba adicional de que sabía cómo agradar, y de que ciertamente consideraba que valía la pena intentar agradarle a ella. No profirió ni una sola palabra de elogio que excediera lo que ella sabía que la señora Weston merecía con creces; pero, sin duda, él podía saber muy poco del asunto. Comprendía lo que sería bien recibido; de poco más podía estar seguro. «El matrimonio de su padre —dijo— había sido la medida más sensata, todo amigo debía regocijarse por ello; y la familia de la que había recibido semejante bendición debía considerarse siempre como habiéndole conferido la mayor de las obligaciones».
Él estuvo tan cerca como pudo de agradecerle los méritos de la señorita Taylor, sin parecer olvidar del todo que, según el orden natural de las cosas, era más de suponer que la señorita Taylor había forjado el carácter