Solo había visto a la señora Martin y a las dos muchachas. La habían recibido con reservas, por no decir con frialdad; y casi todo el tiempo no se había hablado de nada que pasara de las más triviales banalidades, hasta casi el final, cuando la señora Martin, de repente, al decir que le parecía que la señorita Smith había crecido, había dado pie a un tema más interesante y a una actitud más cálida.
En esa misma habitación la habían medido el septiembre pasado, con sus dos amigas. Ahí estaban las marcas a lápiz y las anotaciones en el friso de la ventana. Él lo había hecho. Todos parecían recordar el día, la hora, la reunión, la ocasión—sentir la misma conciencia, los mismos remordimientos—, estar dispuestos a volver a la misma buena sintonía; y apenas volvían a ser ellos mismos (Harriet, como Emma tenía que sospechar, tan dispuesta como la mejor a mostrarse cordial y feliz), cuando reapareció el carruaje y todo terminó.
El estilo de la visita, y la brevedad de la misma, se consideraron entonces decisivos. ¡Catorce minutos concedidos a aquellos con quienes había pasado agradecida seis semanas hacía no seis meses!—Emma no pudo por menos de imaginárselo todo, y de sentir cuán justamente debían de estar resentidos, cuán naturalmente debía de sufrir Harriet. Era un asunto desagradable. Habría dado muchísimo, o habría soportado muchísimo, por haber hecho que los Martin pertenecieran a una clase social más alta. Eran tan meritorios, que un poco más arriba habría bastado; pero tal como eran las cosas, ¿cómo habría podido obrar de otro modo?—¡Imposible!—No podía arrepentirse.
Debían ser separados; pero hubo una gran dosis de dolor en el proceso —tanto para ella en ese momento, que pronto sintió la necesidad de un poco de consuelo, y decidió volver a casa pasando por Randalls para procurárselo. Su mente estaba harta del señor Elton y los Martin. El remozamiento de Randalls era absolutamente necesario.