al flirteo entre ella y su compañero. Parecían más amigos alegres y relajados que enamorados. Que Frank Churchill pensaba menos en ella que antes era indudable.
El baile transcurrió agradablemente. Las inquietas preocupaciones y las incesantes atenciones de la señora Weston no cayeron en saco roto. Todo el mundo parecía feliz; y el elogio de ser un baile encantador, que rara vez se concede hasta que el baile ha dejado de serlo, se prodigaba una y otra vez desde el mismo comienzo de este.
De acontecimientos muy importantes, muy dignos de mención, no fue más productivo de lo que suelen ser tales reuniones. Hubo uno, sin embargo, al que Emma le dio cierta importancia. Las dos últimas danzas antes de la cena habían comenzado y Harriet no tenía pareja; era la única joven sentada; y hasta entonces el número de bailarines había sido tan par que lo extraño era que hubiera alguien sin pareja. Pero la extrañeza de Emma disminuyó poco después al ver a Mr. Elton merodeando por allí. No le pediría a Harriet que bailara si le era posible evitarlo; estaba segura de que no lo haría, y lo esperaba en cualquier momento para escaparse al salón de juego.