Con insoportable vanidad se había creído en el secreto de los sentimientos de todo el mundo; con imperdonable arrogancia se había propuesto organizar el destino de todos. Se había demostrado que estaba equivocada en todo; y no se había limitado a no hacer nada, pues había causado perjuicios. Había traído la desgracia sobre Harriet, sobre sí misma y, según mucho temía, sobre el señor Knightley.—Si llegaba a celebrarse esta unión tan desigual de todas, sobre ella recaería todo el reproche de haberle dado origen; pues su afecto, debía creerlo, solo había surgido de la conciencia del de Harriet;—y aun si este no fuera el caso, él nunca habría conocido a Harriet de no ser por su insensatez.
¡Mr. Knightley y Harriet Smith!—Era una unión para eclipsar a cualquier otra maravilla por el estilo.—El apego de Frank Churchill y Jane Fairfax resultaba tópico, gastado y rancio en comparación; no causaba sorpresa, no presentaba disparidad y no ofrecía nada de qué hablar ni pensar.—¡Mr. Knightley y Harriet Smith!—¡Qué elevación por parte de ella! ¡Qué abajamiento por la suya! Para Emma