Cuando las cosas llegaban a tal extremo, no podía evitar dar un sobresalto, ni suspirar hondo, ni siquiera andar de un lado a otro de la habitación por unos segundos; y la única fuente de la que podía extraer algo parecido al consuelo o la serenidad residía en la resolución de tener una mejor conducta, y en la esperanza de que, por muy inferiores en espíritu y alegría que el próximo invierno de su vida y todos los futuros pudieran ser respecto al pasado, al menos la encontrarían más sensata, más conocedora de sí misma, y le dejarían menos que lamentar cuando hubieran quedado atrás.
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Capítulo XLVIII
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