Para Emma era mucho más conveniente no responder directamente a aquella afirmación; prefirió retomar el hilo de su propio discurso.
—Eres un amigo muy entrañable del señor Martin; pero, como ya dije antes, eres injusto con Harriet. Las pretensiones de Harriet de casarse bien no son tan desdeñables como las presentas. No es una muchacha inteligente, pero tiene más juicio de lo que te imaginas, y no merece que se hable de su entendimiento con tanta ligereza. Dejando eso a un lado, sin embargo, y suponiendo que sea, tal como la describes, solo bonita y bondadosa, déjame decirte que, en el grado en que los posee, no son méritos triviales para el mundo en general, pues es, de hecho, una muchacha hermosa, y así debe de parecerle a noventa y nueve personas de cada cien; y hasta que se demuestre que los hombres son mucho más filosóficos en el asunto de la belleza de lo que por lo general se supone; hasta que se enamoren de mentes bien informadas en vez de rostros hermosos, una muchacha con el encanto de Harriet tiene