Emma no sabía qué pensar. El tono sugería una vieja amistad... ¿y cómo iba a poder adivinarlo ella?
—¡Knightley! —continuó la señora Elton—; ¡el propio Knightley! —¿No fue una suerte? Pues, como no estaba cuando vino el otro día, nunca lo había visto antes; y, por supuesto, al ser un amigo tan íntimo de don E., tenía mucha curiosidad. «Mi amigo Knightley» se había mencionado tantas veces que estaba verdaderamente impaciente por verle; y debo hacerle justicia a mi caro sposo diciendo que no tiene por qué avergonzarse de su amigo. Knightley es todo un caballero. Me gusta muchísimo. Decididamente, me parece un hombre con dotes muy de caballero.
Por fortuna, ya era hora de marcharse. Se habían ido; y Emma pudo respirar.
“¡Mujer insoportable!” fue su inmediata exclamación. “Peor de lo que me había imaginado. ¡Absolutamente insoportable! ¡Knightley!—no lo habría podido creer. ¡Knightley!—¡sin haberlo visto en su vida antes y llamarle Knightley!—¡y descubrir que es un caballero! Unos aires de advenediza y vulgar criatura, con su Mr. E., y su caro sposo, y sus recursos, y todas sus ínfulas de petulante pretensión y elegancia de baja estofa. ¡Llegar a descubrir que el señor Knightley es un caballero! Dudo mucho que él le devuelva el cumplido y descubra que ella es una dama. ¡No lo habría podido creer! ¡Y proponer que ella y yo nos unamos para formar un club musical! ¡Uno se imaginaría que somos uña y carne! ¡Y la señora Weston!—¡Asombrada de que la persona que me crió sea una señora! Peor y peor. Jamás he conocido a su igual. Muy por encima de mis esperanzas. Harriet queda deshonrada con cualquier comparación. ¡Ay! ¿Qué diría Frank Churchill de ella si estuviera aquí? ¡Qué enfadado y qué divertido se pondría! Ah! Ahí estoy—pensando en él al instante. ¡Siempre la primera persona en quien pensar! ¡Cómo me descubro a mí misma! ¡Frank Churchill me viene a la mente con toda regularidad!”—