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Capítulo XX

El buen juicio del coronel y de la señora Campbell no pudo oponerse a tal resolución, aunque sus sentimientos sí lo hicieran. Mientras ellos vivieran, no serían necesarios ningún tipo de esfuerzos, su hogar podría ser el de ella para siempre; y por su propia comodidad la habrían retenido por completo; pero esto habría sido egoísmo: lo que al final debía ser, más valía que fuera pronto. Tal vez empezaban a sentir que habría sido más bondadoso y prudente haber resistido la tentación de cualquier demora, y haberla librado de probar unos goces de desahogo y ocio que ahora debían ser abandonados. Aun así, sin embargo, el afecto se alegraba de aferrarse a cualquier excusa razonable para no apresurar el desgraciado momento. Ella no había estado del todo bien desde la época del matrimonio de su hija; y hasta que no hubiera recuperado por completo su fuerza habitual, debían prohibirle embarcarse en deberes que, lejos de ser compatibles con un cuerpo debilitado y un ánimo inestable, parecían requerir, en las circunstancias más favorables, algo más que la perfección humana de cuerpo y mente para ser desempeñados con una comodidad tolerable.

En cuanto a su decisión de no acompañarlos a Irlanda, lo que les contó a sus tíos era la pura verdad, por más que hubiera algunas verdades que prefirió callar. Había sido idea suya dedicar el tiempo de la ausencia de estos a Highbury; pasar, tal vez, sus últimos meses de plena libertad con aquellos cariñosos parientes que tanto la querían; y los Campbell, cualquiera que fuese su motivo o motivos, ya fueran simples, dobles o triples, aprobaron de inmediato el plan y aseguraron que confiaban más en unos meses vividos en el aire de su tierra natal para la recuperación de su salud que en cualquier otra cosa. Lo cierto era que iba a venir; y que Highbury, en lugar de dar la bienvenida a esa novedad absoluta que se le llevaba tanto tiempo prometiendo —el señor Frank Churchill—, tendría que conformarse por el momento con Jane Fairfax, quien solo podía ofrecer la frescura de una ausencia de dos años.

Emma lo sentía; ¡tener que prestar atenciones a una persona que no le gustaba durante tres largos meses!; ¡estar haciendo siempre más de lo que

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