No había forma de reemplazar a la señorita Taylor, ni muchas probabilidades de dejar de compadecerse de ella; pero al cabo de unas semanas el señor Woodhouse encontró cierto alivio. Las felicitaciones de sus vecinos habían terminado; ya nadie lo mortificaba dándole la enhorabuena por un acontecimiento tan triste; y el pastel de bodas, que tanto le había atormentado, se había acabado por completo. Su propio estómago no toleraba nada pesado y él jamás pudo creer que los demás fuesen diferentes de él. Consideraba que lo que a él le sentaba mal no era apto para nadie; por lo tanto, se había empeñado en disuadirlos de que tuviera pastel de bodas y, cuando eso resultó en vano, se esforzó con igual ahínco en evitar que nadie se lo comiera. Se había tomado la molestia de consultar a M. Perry, el boticario, sobre el asunto. El señor Perry era un hombre inteligente y de buenos modales, cuyas frecuentes visitas eran uno de los consuelos en la vida del señor Woodhouse; y, al ser consultado, no tuvo más remedio que admitir (aunque parecía ir un poco en contra de su propia inclinación) que el pastel de bodas ciertamente podía sentar mal a muchos —tal vez a la mayoría de las personas—, a menos que se tomara con moderación. Con semejante opinión, que confirmaba la suya propia, el señor Woodhouse esperaba influir en todos los visitantes de los recién casados; pero aun así el pastel se comía, y no hubo paz para sus benévolos nervios hasta que desapareció por completo.
Corría un extrañísimo rumor en Highbury de que a todos los pequeños Perry se les había visto con un trozo de pastel de bodas de la señora Weston en las manos; pero el señor Woodhouse nunca quiso creerlo.