amiga, en verdad, puede disponer de mí. Escucharé lo que le apetezca. Le diré exactamente lo que pienso.
“—¡Como amigo! —repitió el señor Knightley—. Emma, me temo que esa palabra... No, no tengo ningún deseo... Espera, sí, ¿por qué he de vacilar? Ya he ido demasiado lejos como para ocultarlo. —Emma, acepto tu oferta—. Por extraordinario que pueda parecer, la acepto, y me pongo en tus manos como amigo. —Dime, pues, ¿no tengo ninguna probabilidad de triunfar jamás?”.
Se detuvo, con su fervor, para formular la pregunta, y la expresión de sus ojos la abrumó.
—Mi querida Emma —dijo—, porque siempre serás la querida, sea cual fuere el resultado de la conversación de esta hora, mi queridísima, amadísima Emma—, dime de una vez. Di «No», si es lo que hay que decir. Ella en realidad no pudo decir nada. —Estás en silencio —exclamó con gran animación—, ¡absolutamente en silencio! Por el momento no pido más.