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XXII

Parte de cada invierno solía pasarlo en Bath; pero Bristol era su hogar, el mismísimo corazón de Bristol; porque, aunque el padre y la madre habían muerto hacía algunos años, le quedaba un tío⁠—en el ramo de la ley⁠—; nada más distintivamente honorable se aventuraba sobre él, salvo que estaba en el ramo de la ley; y con él había vivido la hija. Emma adivinó que era el esclavo de algún procurador, y demasiado estúpido para ascender.

Y toda la grandeza de la familia parecía depender de la hermana mayor, que estaba muy bien casada con un caballero de buena posición, cerca de Bristol, ¡que mantenía dos carruajes! Ese era el colofón de la historia; esa era la gloria de la señorita Hawkins.

¡Si tan solo hubiera podido transmitirle a Harriet lo que ella misma sentía al respecto! La había convencido de estar enamorada; pero, ¡ay!, no era tan fácil convencerla de lo contrario. El encanto de tener un objeto que ocupara los muchos vacíos de la mente de Harriet no se podía disipar con palabras. Él podría ser reemplazado por otro; de hecho, así sería sin duda; nada podía estar más claro; incluso un Robert Martin habría sido suficiente; pero temía que ninguna otra cosa la curase. Harriet era de aquellas que, habiendo empezado una vez, estarían siempre enamoradas.

Y ahora, ¡pobre muchacha! estaba considerablemente peor a causa de esta reaparición del señor Elton.

Siempre estaba vislumbrándolo en alguna parte. Emma solo lo vio una vez; pero dos o tres veces al día Harriet estaba segura de cruzarse con él por los pelos, o de perdérselo por poco, de oír su voz, o de verle un hombro, de que ocurriera cualquier detalle que lo mantuviera vivo en su imaginación, bajo todo el calor propicio de la sorpresa y la conjetura.

Ella era, por otra parte, oyendo hablar de él perpetuamente; pues, a excepción de cuando estaba en Hartfield, se encontraba siempre entre

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