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Capítulo XXX

Churchill. Breve había sido el aviso, breve su encuentro; se había marchado; y Emma sintió tanta pena por la despedida, y auguraba una pérdida tan grande para su pequeña sociedad con su ausencia, que empezó a temer estar sintiendo demasiada pena y notándolo demasiado.

Era un triste cambio. Llevaban reuniéndose casi todos los días desde su llegada. Sin duda, su estancia en Randalls había dado un gran ánimo a las últimas dos semanas⁠—un ánimo indescriptible⁠—; ¡la idea, la esperanza de verlo que cada mañana había traído, la seguridad de sus atenciones, su alegría, sus modales! Había sido una quincena muy feliz, y desolador tenía que ser el bajón que la devolviera al transcurso habitual de los días de Hartfield. Para colmo de virtudes, casi le había dicho que la amaba. Qué fuerza o qué constancia de afecto podría albergar era otra cuestión; pero en el presente no podía dudar de que él sentía por ella una admiración decididamente cálida, una preferencia consciente; y esta convicción, unida a todo lo demás, la hacía pensar que ella debía de estar un poco enamorada de él, a pesar de todas sus previas resoluciones en contra.

—Sin duda debo de estarlo —dijo ella—. ¡Esta sensación de desinterés, fatiga, estupidez, esta desgana para sentarme y ponerme a hacer algo, esta impresión de que todo en la casa es aburrido y desabrido! ¡Debo de estar enamorada; sería la criatura más rara del mundo si no lo estuviera..., al menos por unas semanas! ¡Bien! La desgracia de unos siempre es la felicidad de otros. Tendré muchos compañeros de duelo por el baile, si no por Frank Churchill; pero el señor Knightley estará contento. Ahora puede pasar la tarde con su querido William Larkins si le apetece.

El señor Knightley, sin embargo, no mostró una felicidad triunfante. No podía decir que lo sentía por su propia cuenta; su aspecto muy alegre lo habría contradicho de haberlo hecho; pero dijo, y con mucha firmeza, que sentía la decepción de los demás, y con considerable amabilidad añadió,

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