oyó con la misma claridad que Emma se oponía con efusiva y risueña calidez: «No, no, no debes; no lo harás, en verdad».
Sin embargo, se hizo. Este joven galán, que parecía amar sin sentimiento y recomendarse sin complaisencia, le cedió directamente el turno a la señorita Fairfax, y con un grado particular de serena cortesía le suplicó que lo estudiara. La excesiva curiosidad del señor Knightley por saber cuál podía ser esa palabra le hizo aprovechar cada momento posible para clavar su mirada en ella, y no tardó en ver que era Dixon. La percepción de Jane Fairfax pareció acompañar a la suya; su comprensión estaba sin duda más a la altura del significado oculto, de la inteligencia superior, de aquellas cinco letras así dispuestas. Era evidente que estaba disgustada; levantó la vista y, al verse observada, se sonrojó con mayor intensidad de la que él le había visto jamás y, diciendo tan solo: «No sabía que se permitieran nombres propios», apartó las letras con un espíritu incluso airado y pareció decidida a no prestar atención a ninguna otra palabra que se le ofreciera. Su rostro se apartó de quienes habían hecho el ataque y se volvió hacia su tía.