que, al igual que la señora Elton, todos se estaban tomando el plan como un halago personal. Emma y Harriet manifestaron grandes expectativas de disfrutarlo mucho; y el señor Weston, sin que se lo pidieran, prometió hacer que Frank fuera a unirse a ellos, si era posible; una prueba de aprobación y gratitud de la cual se habría podido prescindir. El señor Knightley se vio entonces en la obligación de decir que le alegraría verle; y el señor Weston se comprometió a no perder tiempo en escribir y a no escatimar argumentos para inducirlo a venir.
Mientras tanto, el caballo cojo se recuperó tan rápidamente, que la excursión a Box Hill volvió a considerarse con buenos ojos; y al fin se fijó un día para Donwell y el siguiente para Box Hill, ya que el tiempo parecía de lo más propicio.
Bajo un brillante sol de mediodía, casi a mediados del verano, el señor Woodhouse fue transportado san y salvo en su carruaje, con una ventanilla bajada, para tomar parte en aquella merienda campestre; y en una de las habitaciones más cómodas de la Abadía, preparada especialmente para él con un fuego encendido durante toda la mañana, fue instalado felizmente, con toda tranquilidad, dispuesto a hablar con agrado de lo que se había logrado, y a aconsejar a todo el mundo que fuera a sentarse y no se acalorara.— La señora Weston, que parecía haber ido andando adrede para estar cansada y sentarse todo el tiempo con él, permaneció, cuando todos los demás fueron invitados o persuadidos a salir, como su paciente oyente y compaňera.
Hacía tanto tiempo que Emma no había estado en la Abadía, que en cuanto se hubo asegurado de la comodidad de su padre, se alegró de dejarlo y mirar a su alrededor; ansiosa por refrescar y corregir su memoria con una observación más detallada, con una comprensión más exacta de una casa y unos terrenos que siempre habrían de ser tan interesantes para ella y para toda su familia.