toda su aguda capacidad de observación y determinar con rapidez cómo era influenciado y cómo debía actuar ella. Se saludaron con la mayor cordialidad. No cabía duda de que le producía un gran placer verla. Pero a ella le invadió casi al instante la duda de que él la quisiera como antes, de que sintiera la misma ternura en el mismo grado. Lo observó detenidamente. Era evidente que estaba menos enamorado que antes. La ausencia, unida probablemente al convencimiento de la indiferencia de ella, había producido este efecto tan natural y tan deseable.
Estaba de muy buen humor; tan dispuesto a hablar y reír como siempre, y parecía encantado de hablar de su anterior visita y rememorar viejas historias; y no carecía de agitación.
No era en su serenidad donde ella advertía su diferencia comparativa. No estaba sereno; su ánimo estaba evidentemente alterado; había inquietud en él. Por muy animado que estuviera, parecía una animación que no lo satisfacía a él mismo; pero lo que decidió su creencia al respecto fue que solo se quedó un cuarto de hora y se apresuró a marchar para hacer otras visitas en Highbury.
«Había visto a un grupo de viejos conocidos en la calle al pasar—no se había detenido, no se detendría más que para decir una palabra—, pero tenía la vanidad de pensar que se decepcionarían si no llamaba, y por mucho que deseara quedarse más tiempo en Hartfield, tenía que marcharse a toda prisa».
No le cabía duda de que estaba menos enamorado—, pero ni su espíritu alterado, ni su precipitada marcha parecían una cura perfecta; y se inclinaba más bien a pensar que aquello implicaba el temor a que su poder regresara, y una prudente resolución de no fiarse de sí mismo demasiado tiempo a su lado.