permitirle el desahogado pasar del que siempre había disfrutado, y lo bastante prudente como para haber deseado siempre mantenerse en el anonimato.—¡Tal era la sangre noble de la que Emma antaño había estado tan dispuesta a responder!—Era probable que fuera tan pura, tal vez, como la sangre de muchos caballeros; ¡pero qué vínculo le había estado preparando a Mr. Knightley—o a los Churchill—o incluso a Mr. Elton!—La mancha de la ilegitimidad, sin blanquear por la nobleza ni por la riqueza, habría sido una mancha de verdad.
No se opuso objeción alguna por parte del padre; el joven fue tratado con generosidad; todo marchaba como debía ser; y a medida que Emma fue conociendo a Robert Martin, a quien ahora le presentaron en Hartfield, reconoció plenamente en él toda la apariencia de sensatez y honradez que mejor podían prometer un buen futuro para su pequeña amiga. No tenía la menor duda de la felicidad de Harriet al lado de cualquier hombre de buen carácter; pero con él, y en