Pero Harriet temblaba y no pudo tocarlo; y Emma, que nunca era reacia a ser la primera, se vio obligada a examinarlo ella misma.
Charada
Le echó una ojeada, meditó, captó el sentido, lo leyó de nuevo para estar bien segura y, dominando ya por completo los versos, pasándoselo a continuación a Harriet, se quedó sentada sonriendo feliz y diciéndose a sí misma, mientras Harriet devanaba los sesos ante el papel en toda la confusión de la esperanza y la torpeza: «Muy bien, Mr. Elton, muy bien de verdad. He leído peores charadas. Cortejo: una indirecta muy buena. Te lo reconozco. Esto es ir tanteando el terreno. Esto es decir muy claramente: “Por favor, Miss Smith, permítame que la corteje. Apruebe mi charada y mis intenciones con una sola mirada”».
¡Que su aprobación brille en esa blanda mirada!
Harriet exactamente. Suave es precisamente la palabra para su mirada—de todos los epítetos, el más justo que se le podría dar.
Tu pronta agudeza pronto hallará la palabra.
¡Hum... la agilidad mental de Harriet! Mucho mejor. En verdad, un hombre tiene que estar muy enamorado para describirla así. ¡Ah!, señor Knightley, desearía que usted pudiera disfrutar de esto; creo que esto le convencería. Por una vez en su vida se vería obligado a confesar que estaba equivocado. ¡Un charada excelente, sin duda, y muy al caso! Las cosas deben llegar a un punto crítico muy pronto ahora.
Se vio obligada a interrumpir estas agradabilísimas observaciones, que por otra parte habrían podido prolongarse muchísimo, debido al entusiasmo de las preguntas curiosas de Harriet.
—¿Qué puede ser, Miss Woodhouse?—¿Qué puede ser? No tengo la menor idea—no logro adivinarlo en absoluto. ¿Qué puede ser posible?