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Capítulo LII

Para Emma fue un gran alivio descubrir que Harriet tenía tanto deseo como ella de evitar un encuentro. Su trato ya era bastante doloroso por carta. ¡Cuánto peor habría sido de haberse visto obligadas a encontrarse!

Harriet se expresó en gran medida como era de suponer, sin reproches ni la aparente sensación de haber sido maltratada; y, sin embargo, a Emma le pareció percibir en su tono algo de resentimiento, algo que rozaba con ello, lo cual aumentaba la conveniencia de que estuvieran separadas.—Podía ser tan solo su propia mala conciencia; pero daba la impresión de que solo un ángel habría estado completamente libre de resentimiento ante semejante golpe.

No le costó ningún trabajo conseguir la invitación de Isabella, y tuvo la suerte de contar con un motivo de peso para pedirla, sin necesidad de recurrir a invenciones. Tenía un diente mal. Harriet realmente deseaba, y desde hacía tiempo, consultar a un dentista. La señora John Knightley estaba encantada de ser útil; cualquier asunto relacionado con la mala salud era para ella una recomendación, y aunque no sentía por un dentista la misma debilidad que por un señor Wingfield, estaba ansiosa por acoger a Harriet bajo su cuidado. Una vez resuelto este punto por parte de su hermana, Emma se lo propuso a su amiga y la encontró muy dispuesta a dejarse convencer. Harriet iba a marchar; estaba invitada por lo menos durante quince días; sería trasladada en el carruaje del señor Woodhouse. Todo quedó dispuesto, todo concluido, y Harriet a salvo en Brunswick Square.

Ahora Emma podía, en efecto, disfrutar de las visitas del señor Knightley; ahora podía hablar y escuchar con verdadera felicidad, sin verse cohibida por esa sensación de injusticia, de culpa, de algo sumamente doloroso,

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