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XXI

Esta ha sido una noticia de lo más agradable, en verdad. Voy a dar un rodeo hasta casa de la señora Cole; pero no me detendré ni tres minutos: y, Jane, harías mejor en ir a casa directamente⁠—¡no quisiera que te pillara un chaparrón!⁠—Nos parece que ya le sienta bien Highbury. Gracias, sí que nos lo parece. No intentaré pasar a ver a la señora Goddard, porque de verdad creo que no le importa nada que no sea el cerdo cocido: cuando preparemos el jamón será otra cosa. Buenos días tenga usted, querido caballero. ¡Oh! El señor Knightley también viene. Vaya, ¡eso es tan sumamente!⁠—Estoy segura de que, si Jane está cansada, usted será tan amable de ofrecerle el brazo.⁠—¡El señor Elton y la señorita Hawkins!⁠—Buenos días a todos”.

Emma, a solas con su padre, tenía que prestarle la mitad de su atención mientras él se lamentaba de que los jóvenes tuvieran tanta prisa por casarse —y por casarse además con desconocidos—, y la otra mitad podía dedicarla a su propia visión del asunto. Era para ella una noticia divertida y muy bienvenida, pues demostraba que el señor Elton no había sufrido durante mucho tiempo; pero le daba pena Harriet: Harriet tenía que sufrirlo —y todo lo que podía esperar era, dando ella misma la primicia, salvarla de escucharlo de golpe por medio de otros. Era más o menos la hora en que solía venir a visitar. ¡Si llegara a encontrarse con la señorita Bates en el camino! —y al empezar a llover, Emma tuvo que dar por sentado que el tiempo la retendría en casa de la señora Goddard y que la noticia le caería encima sin duda sin ninguna preparación.

El chaparrón había sido fuerte, pero breve; y no habrían pasado ni cinco minutos cuando entró Harriet, con ese aspecto acalorado y agitado que suele conferir el correr hacia allí con el corazón a mil; y el «¡Ay, señorita Woodhouse, figurese lo que ha pasado!», que prorrumpió al instante, llevaba toda la marca de una perturbación semejante. En cuanto recibió

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