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XIII

diciembre) la había pasado Harriet en Hartfield, y se había marchado a casa tan indispuesta por un catarro que, de no haber sido por su propio y ferviente deseo de ser cuidada por la señora Goddard, Emma no le habría permitido abandonar la casa. Emma la visitó al día siguiente y encontró su sentencia ya firmada respecto a Randalls. Estaba con mucha fiebre y tenía un fuerte dolor de garganta: la señora Goddard estaba llena de atenciones y afecto, se habló del señor Perry, y la propia Harriet estaba demasiado enferma y desanimada para resistirse a la autoridad que la marginaba de este encantador compromiso, aunque no podía hablar de su pérdida sin muchas lágrimas.

Emma se quedó con ella todo el tiempo que pudo, para cuidarla durante las inevitables ausencias de la señora Goddard, y levantarle el ánimo haciéndole ver cuán deprimido estaría el señor Elton al enterarse de su estado; y por fin la dejó razonablemente consolada, con la dulce confianza de que a él le tocaría una visita de lo más desapacible y de que todos la echarían mucho de menos. No se había alejado ni veinte pasos de la puerta de la señora Goddard, cuando salió a su encuentro el mismísimo señor Elton, que al parecer se dirigía hacia allí; y mientras caminaban despacio juntos conversando sobre la enferma —por quien él, a causa del rumor de que padecía una enfermedad considerable, iba a preguntar para poder llevar alguna noticia de ella a Hartfield—, los alcanzó el señor John Knightley, que regresaba de su visita diaria a Donwell con sus dos hijos mayores, cuyos rostros sanos y sonrosados demostraban los beneficios de una carrera por el campo y parecían prometer una rápida desaparición del cordero asado y el pudin de arroz a los que se apresuraban a volver a casa. Unieron sus caminos y continuaron juntos. Emma acababa de describir la naturaleza de la dolencia de su amiga: «una garganta muy inflamada,

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