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Capítulo LIII

Mrs. Weston no estaba fingiendo ningún papel ni disimulando lo que sentía en todo cuanto le decía a favor del acontecimiento.⁠—Había quedado sumamente sorprendida, jamás lo había estado tanto como cuando Emma le confió el asunto por primera vez; pero no veía en él sino un aumento de la felicidad para todos, y no dudaba en instarle con el mayor ahínco.⁠—Tenía tal aprecio por Mr. Knightley, que creía que él merecía incluso a su queridísima Emma; y era una unión tan decorosa, adecuada e irreprochable en todos los aspectos, y en uno de ellos, un punto de la más alta importancia, tan singularmente conveniente, tan singularmente afortunada, que ahora parecía como si Emma no hubiera podido unirse con seguridad a ninguna otra criatura, y que ella misma había sido el más estúpido de los seres por no haberlo pensado y deseado mucho antes.⁠—¡Qué pocos de aquellos hombres de una posición social digna de pretender a Emma habrían renunciado a su propio hogar por Hartfield! ¡Y quién sino Mr. Knightley podía conocer y tolerar a Mr. Woodhouse de modo que tal arreglo resultara deseable!⁠—La dificultad de colocar al pobre Mr. Woodhouse se había dejado sentir siempre en los planes de su marido y en los suyos propios para un matrimonio entre Frank y Emma. Cómo compaginar las exigencias de Enscombe y Hartfield había constituido un impedimento constante⁠—reconocido menos por Mr. Weston que por ella misma⁠—, pero ni siquiera él había sido capaz de zanjar el asunto mejor que diciendo⁠—: «Esas cuestiones se arreglarán solas; los jóvenes encontrarán el modo». Pero aquí no había nada que eludir mediante una especulación descabellada sobre el futuro. Todo era correcto, claro e igualitario. Ningún sacrificio por ninguna de las partes que mereciera tal nombre. Era una unión dotada de las mejores perspectivas de felicidad en sí misma, y sin una sola dificultad real y racional que se le opusiera o la retrasara.

La señora Weston, con su bebé en las rodillas, entregada a reflexiones de este tipo, era una de las mujeres más felices del mundo. Si algo podía aumentar su dicha, era advertir que al bebé pronto se le habrían quedado pequeñas sus primeras cofias.

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