Ya se había convencido de que él consideraba a Harriet una muchacha hermosa, lo cual confiaba, con tantos encuentros frecuentes en Hartfield, fuera base suficiente por su parte; y por la de Harriet cabían pocas dudas de que la idea de ser su preferida tendría todo el peso y la eficacia habituales.
Y él era en verdad un joven muy agradable, un joven al que cualquier mujer no demasiado exigente podría querer. Se le tenía por muy apuesto; su figura era muy admirada en general, aunque no por ella, ya que echaba en falta esa elegancia en las facciones de la que ella no podía prescindir;—pero la muchacha que podía sentirse halagada por que un Robert Martin anduviera por los campos buscando nueces para ella bien podía dejarse conquistar por la admiración del señor Elton.