El señor Knightley iba a cenar con ellos, bastante en contra de la inclinación del señor Woodhouse, a quien no le gustaba que nadie compartiera con él el primer día de Isabella. El sentido del deber de Emma, sin embargo, lo había decidido; y además de la consideración de lo que se debía a cada hermano, tenía un placer particular, debido a las circunstancias del reciente desacuerdo entre el señor Knightley y ella misma, en procurarle la invitación adecuada.
Esperaba que ahora pudieran volver a ser amigos. Le parecía que era hora de hacer las paces. Aunque hacer las paces en realidad no serviría de nada. Desde luego, ella no había estado equivocada, y él jamás reconocería haberlo estado. Estaba claro que ninguna concesión era posible; pero ya era hora de aparentar que se habían olvidado de que alguna vez se habían peleado; y esperaba que pudiera favorecer el restablecimiento de la amistad el hecho de que, cuando él entró en la habitación, ella tuviera a uno de los niños con consigo —la más pequeña, una niña encantadora de unos ocho meses, que hacía su primera visita a Hartfield y estaba muy feliz de que la bailaran en los brazos de su tía—. Eso ayudó; pues aunque él comenzó con aspecto serio y preguntas breves, pronto se vio llevado a hablar de todos ellos de la manera habitual y a tomar a la niña de sus brazos con toda la falta de ceremonias de la más perfecta cordialidad. Emma sintió que volvían a ser amigos; y como esta certeza le produjo primero una gran satisfacción y luego un punto de impertinencia, no pudo evitar decir, mientras él admiraba al bebé,
“Qué consuelo es que pensemos igual acerca de nuestros sobrinos y sobrinas. En cuanto a hombres y mujeres, a veces nuestras opiniones son muy diferentes; pero respecto a estos niños, observo que nunca disentimos”.