Se anunció la cena. Comenzó el traslado; y a la señorita Bates se la pudo oír desde ese momento, sin interrupción, hasta que estuvo sentada a la mesa y cogió la cuchara.
—Jane, Jane, querida Jane, ¿dónde estás?—Aquí tienes tu esclavina. La señora Weston te ruega que te pongas la esclavina. Dice que teme que haya corrientes de aire en el pasillo, aunque se ha hecho de todo... Una puerta clavada con tablones... Cantidades de esteras... Mi querida Jane, en verdad debes hacerlo. ¡Señor Churchill, oh!, ¡es usted demasiado atento! ¡Qué bien se la pone! ¡Qué complacida! ¡Excelente baile, en verdad!—Sí, querida, volví a casa corriendo, tal como dije que haría, para ayudar a la abuela a acostarse, y regresé, y nadie me echó de menos. Me fui sin decir una palabra, tal como te conté. La abuela estaba muy bien, pasó una velada encantadora con el señor Woodhouse, con mucha charla y chaquete. El té se sirvió abajo, galletas, manzanas asadas y vino antes de que ella se fuera; una suerte increíble en algunas de sus tiradas, y preguntó mucho por ti, cómo te divertías y quiénes eran tus parejas.—“¡Oh! —le dije—, no voy a quitarle la primicia a Jane; la dejé bailando con el señor George Otway; a ella le encantará contártelo todo mañana misma; su primera pareja fue el señor Elton, no sé quién la sacará a bailar después, tal vez el señor William Cox”—. Mi querido caballero, es usted demasiado atento. ¿No hay nadie a quien preferiría...? No soy una desvalida. Señor, es usted amabilísimo. ¡Válgame Dios, Jane de un brazo y yo del otro!—¡Detente, detente, apartémonos un poco, que la señora Elton se va; la querida señora Elton, qué elegante va! ¡Encaje precioso!—Ahora todos seguimos tras ella en procesión. ¡Toda una reina de la velada!—Bien, ya estamos en el pasillo. Dos escalones, Jane, ten cuidado con los dos escalones. Ah, no, no hay más que uno. Vaya, estaba convencida de que había dos. ¡Qué cosa más rara! Estaba segura de que había dos y solo hay uno. Jamás he visto nada igual en cuanto a comodidad y distinción... Velas por todas partes. Te estaba hablando de tu abuela, Jane... Hubo un pequeño chasco. Las manzanas asadas y las galletas, estupendas a su manera, ya sabes; pero al principio trajeron un delicado fricandó de