secreto como para considerar leal dar muestras de curiosidad o interés, y por lo tanto se mantuvo deliberadamente a distancia; pero los demás introdujeron el tema casi de inmediato, y ella vio el rubor de la complicidad con el que se recibían las felicitaciones, el rubor de la culpa que acompañaba al nombre de «mi excelente amigo el coronel Campbell».
Mrs. Weston, de buen corazón y amante de la música, se sintió particularmente interesada por la circunstancia, y Emma no pudo evitar divertirse con su perseverancia en insistir en el tema, y en tener tanto que preguntar y que decir sobre el tono, el toque y el pedal, totalmente ajena al deseo de decir lo menos posible al respecto, que leía claramente en el rostro de la hermosa heroína.
Pronto se les unieron algunos de los caballeros; y el primero de los madrugadores fue Frank Churchill. Entró caminando, el