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Capítulo XXXIII

vulgaridad familiar? A ti te llama Knightley, Knightley; ¿qué podrá hacer con el señor Cole? Y así, no debo sorprenderme de que Jane Fairfax acepte sus cortesías y acceda a estar con ella. Señora Weston, su argumento es el que más peso tiene para mí. Puedo comprender mucho mejor la tentación de alejarse de la señorita Bates que creer en el triunfo de la mente de la señorita Fairfax sobre la señora Elton. No tengo ninguna fe en que la señora Elton vaya a reconocerse inferior en pensamiento, palabra u obra; ni en que se vea sometida a otra restricción que no sea su propia y escasa regla de buena educación. No me cabe duda de que estará continuamente insultando a su visitante con alabanzas, ánimos y ofrecimientos de ayuda; de que no dejará de detallar sus magníficos propósitos, desde conseguirle un puesto permanente hasta incluirla en esas deliciosas excursiones de exploración que van a realizarse en el barouche-landau”.

—Jane Fairfax tiene sensibilidad —dijo el señor Knightley—; no la acuso de falta de sensibilidad. Sus afectos, sospecho, son intensos, y su carácter es excelente por su capacidad de paciencia, templanza y autocontrol; pero carece de franqueza. Es reservada, más reservada, creo, de lo que solía ser; y a mí me gusta un carácter franco. No, hasta que Cole aludió a mi supuesto apego, jamás se me había pasado por la cabeza. Vi a Jane Fairfax y conversé con ella siempre con admiración y placer, pero sin ninguna otra intención.

—Bueno, señora Weston —dijo Emma triunfante cuando él se hubo marchado—, ¿qué dice ahora de que el señor Knightley se case con Jane Fairfax?

“Pues, de verdad, querida Emma, digo que está tan sumamente ocupado con la idea de no estar enamorado de ella, que no me extrañaría nada que al final terminara estándolo. No me pegues”.

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