Hizo su aparición el señor Elton. Su esposa lo saludó con algo de su chispeante vivacidad.
“Muy bonito, señor, ¡palabra de honor!; mandarme aquí para ser una carga para mis amigos, ¡tanto tiempo antes de que os dignéis venir! —Pero bien sabíais con qué criatura tan obediente teníais que ver. Bien sabíais que yo no me movería hasta que mi señor y amo hiciese acto de presencia. —Aquí me he estado sentando durante esta hora, dándole a estas jóvenes una muestra de verdadera obediencia conyugal, pues ¿quién sabe, ya sabéis, cuán pronto puede hacer falta?”.
Mr. Elton estaba tan cansado y acalorado, que toda esta gracia parecía desaprovechada. Debía mostrar su cortesía a las otras damas; pero su propósito posterior fue lamentarse a sí mismo por el calor que estaba padeciendo y por el paseo que había dado para nada.
—Cuando llegué a Donwell —dijo—, no se encontraba a Knightley. ¡Muy extraño! ¡Incomprensible! Después de la nota que le envié esta mañana y del recado que me devolvió, asegurando que estaría sin falta en casa hasta la una.
—¡Donwell! —exclamó su mujer—. ¡Mi querido señor E., no has estado en Donwell! Te refieres a la Corona; vienes de la reunión en la Corona.
“No, no, eso es mañana; y yo quería ver a Knightley precisamente hoy por ese mismo motivo.—¡Una mañana tan espantosa y achicharrante!—Atravesé los campos además—(dijo con tono de gran agravio), lo cual lo empeoró todo mucho más. ¡Y para no encontrarlo en casa! Le aseguro que no estoy nada contento. Y ninguna disculpa de recambio, ningún recado para mí. El ama de llaves declaró que no sabía nada de que me esperaran.—¡Muy extraordinario!—Y nadie sabía en absoluto por dónde se había ido. Tal vez a Hartfield, tal vez a Abbey Mill, tal vez a sus bosques.—¡Señorita Woodhouse, esto no es propio de nuestro amigo Knightley!—¿Puede explicarlo?”