Hacía calor; y tras caminar un rato por los jardines de forma dispersa y desunida, sin juntarse apenas tres personas, se fueron siguiendo unos a otros sin darse cuenta hasta la deliciosa sombra de una avenida ancha y corta de tilos que, extendiéndose más allá del jardín a la misma distancia del río, parecía poner fin a las zonas de recreo. No conducía a nada; a nada salvo a una vista al fondo sobre un muro de piedra bajo con pilares altos que parecían haberse erigido para dar la apariencia de una entrada a la casa, la cual nunca había estado allí. Por discutible que pudiera ser el gusto de semejante remate, era en sí un paseo encantador, y la vista que lo cerraba, sumamente bonita. La considerable pendiente, casi al pie de la cual se alzaba la Abadía, iba adquiriendo una forma más pronunciada más allá de sus terrenos; y a media milla de distancia se hallaba un talud bastante escarpado y grandioso, bien frondoso de arboleda; y al pie de este talud, emplazada de manera favorable y abrigada, se levantaba la granja de Abbey Mill, con prados enfrente y el río serpenteando a su alrededor en una curva cerrada y hermosa.
Era un paisaje apacible, apacible para los ojos y para el espíritu. Verdura inglesa, cultivo inglés, bienestar inglés, contemplados bajo un sol brillante, sin llegar a ser sofocante.
En este paseo, Emma y el señor Weston encontraron al resto del grupo reunido; y hacia este panorama advirtió inmediatamente que el señor Knightley y Harriet, apartados de los demás, iban guiando tranquilamente el camino. ¡El señor Knightley y Harriet! Era un mano a mano curioso; pero a ella le alegraba verlo. Hubo un tiempo en que él la habría desdeñado como compañía y se habría apartado de ella sin ceremonia. Ahora parecían enfrascados en una agradable conversación. Hubo un tiempo también en que a Emma le habría entristecido ver a Harriet en un lugar tan propicio para recordar la Granja de Abbey Mill;