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XXIX

que las cinco parejas serían al menos diez, y en una especulación sumamente interesante el averiguar de qué manera posible podrían acomodarse.

Las puertas de los dos cuartos quedaban justo una enfrente de la otra.

«¿No podrían usar ambas habitaciones y bailar cruzando el pasillo?»

Parecía el mejor plan; y, sin embargo, no era tan bueno como para que muchos no desearan uno mejor. Emma dijo que resultaría incómodo; la señora Weston estaba preocupada por la cena; y el señor Woodhouse se opuso firmemente, aduciendo motivos de salud. En verdad, lo ponía tan sumamente infeliz que no se pudo seguir adelante con la idea.

—¡Oh!, no —dijo—; sería el colmo de la imprudencia. ¡No podría soportarlo por Emma! Emma no es fuerte. Se cogería un catarro terrible. Y la pobre pequeña Harriet también. Y todos ustedes. Señora Weston, usted se quedaría totalmente en cama; no permita que hablen de semejante locura. Por favor, no permita que hablen de ello. Ese joven (hablando más bajito) es muy inconsiderado. No se lo diga a su padre, pero ese joven no está muy en sus cabales. Ha estado abriendo las puertas muy a menudo esta noche, y las ha tenido abiertas con muchísima insensatez. No piensa en la corriente. ¡No pretendo indisponerla con él, pero en verdad no está muy en sus cabales!

Mrs. Weston sentía mucho semejante acusación. Conocía la importancia de esta y dijo todo lo que estaba en su mano para disiparla.

Todas las puertas estaban ya cerradas, el proyecto del pasillo abandonado, y se recurrió de nuevo al plan inicial de bailar únicamente en la sala en la que se encontraban; y con tal buena disposición por parte de Frank Churchill, que el espacio que un cuarto de hora antes se había considerado apenas suficiente para cinco parejas, ahora se procuraba hacer pasar por más que suficiente para diez.

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