habría de terminar. El disimulo, la equivocación, el misterio, tan odiosos de practicar para ella, pronto habrían terminado. Ya podía aguardar con ilusión el brindarle esa plena y perfecta confianza que su carácter estaba más que dispuesto a acoger como un deber.
Con el mejor y más feliz humor emprendió el camino con su padre; no siempre escuchando, pero siempre asentiendo a lo que él decía; y, ya fuera hablando o guardando silencio, conniviendo con la cómoda convicción de que él tenía la obligación de ir a Randalls todos los días, o de lo contrario la pobre señora Weston se llevaría un disgusto.
Llegaron.— La señora Weston estaba sola en el salón:—pero apenas les habían hablado del bebé, y el señor Woodhouse recibido las gracias por haber venido que él mismo pidió, cuando se alcanzó a ver, a través de la persiana, la silueta de dos figuras que pasaban cerca de la ventana.
“Son Frank y la señorita Fairfax —dijo la señora Weston—. Iba justo a contarles la agradable sorpresa de verlo llegar esta mañana. Se queda hasta mañana, y a la señorita Fairfax la han persuadido de pasar el día con nosotros.—Están entrando, espero”.
En medio minuto estaban en la habitación. Emma se alegró muchísimo de verle; pero había cierto grado de confusión, una serie de recuerdos embarazosos por ambas partes. Se saludaron con presteza y una sonrisa, pero con una conciencia mutua que al principio permitía decir muy pocas cosas; y tras sentarse todos de nuevo, hubo durante un rato un vacío tal en el círculo que Emma empezó a dudar de que el deseo ahora satisfecho, que hacía tiempo abrigaba, de volver a ver a Frank Churchill y de verle con Jane, fuera a reportarle su debida proporción de placer. Cuando el señor Weston se unió al grupo, sin embargo, y cuando trajeron al bebé, ya no faltó tema ni animación, ni tampoco valor y oportunidad para que Frank Churchill se acercara a ella y le dijera:
“Tengo que agradecerle, señorita Woodhouse, un mensaje muy amable y de perdón en una de las cartas de la señora Weston. Espero que el tiempo