Poco corazón tenía Harriet para las visitas.
Tan solo media hora antes de que su amiga fuera a buscarla a casa de la señora Goddard, sus malos astros la habían llevado al mismísimo lugar donde, en ese momento, un baúl, dirigido al reverendo Philip Elton, White-Hart, Bath, podía verse bajo la operación de ser izado al carro del carnicero, que había de transportarlo hasta donde pasaban los carruajes; y todo en este mundo, a excepción de aquel baúl y la dirección, era por consiguiente un vacío.
Fue, sin embargo; y cuando llegaron a la granja, y tuvo que apearse al final del ancho y pulcro caminito de grava que conducía entre manzanos en espaldera hasta la puerta principal, la vista de todo aquello que le había proporcionado tanto placer el otoño anterior empezó a reavivar en ella una cierta agitación local; y al separarse, Emma advirtió que miraba a su alrededor con una especie de curiosidad temerosa, lo cual la determinó a no permitir que la visita excediera del cuarto de hora propuesto.
Ella continuó su camino para dedicar esa porción de tiempo a una antigua criada que se había casado y establecido en Donwell.
El cuarto de hora la trajo puntualmente a la blanca puerta de nuevo; y la señorita Smith, recibiendo su llamada, se reunió con ella sin demora y sin la compañía de ningún joven alarmante. Bajó solitaria por el sendero de grava, mientras una tal señorita Martin aparecía justo en la puerta y se despedía de ella, al parecer, con ceremoniosa cortesía.
Harriet no pudo dar una explicación inteligible muy pronto. Sentía demasiado; pero al fin Emma le sacó lo suficiente como para comprender la clase de encuentro que había sido y el tipo de dolor que le estaba causando.