mirada a Jane. Del rostro de Frank Churchill, donde creyó ver confusión reprimida o disimulada con risas, se había vuelto involuntariamente hacia el de ella; pero ella venía más atrás, muy ocupada con su chal. Mr. Weston había entrado. Los otros dos caballeros esperaron en la puerta para dejarla pasar. Mr. Knightley sospechaba en Frank Churchill el propósito de captar su mirada —parecía observarla atentamente—, en vano, sin embargo, si es que era así: Jane pasó entre ambos hacia el vestíbulo y no miró a ninguno.
No hubo tiempo para más observaciones ni explicaciones. Había que apechugar con el sueño, y el Mr. Knightley tuvo que tomar su asiento con los demás alrededor de la gran mesa redonda moderna que Emma había introducido en Hartfield, y que nadie sino Emma habría tenido el poder de colocar allí y de persuadir a su padre de que usara en lugar de la pequeña mesa Pembroke, en la que dos de sus comidas diarias se habían amontonado durante cuarenta años.
El té transcurrió agradablemente y nadie parecía tener prisa por levantarse.