—Un hombre no puede serlo más —fue su respuesta breve y rotunda.
“¡Ah!—En verdad lo siento mucho.—Ven, dame la mano”.
Esto acababa de suceder y con gran cordialidad, cuando hizo su aparición John Knightley, y los «¿Cómo estás, George?» y «¿Qué tal, John?» se sucedieron al más puro estilo inglés, sepultando bajo una tranquilidad que rozaba la indiferencia el afecto sincero que habría llevado a cualquiera de los dos, de ser necesario, a hacerlo todo por el bien del otro.
La tarde fue tranquila y propicia para la conversación, ya que el señor Woodhouse rechazó por completo las cartas en aras de una charla cómoda con su querida Isabella, y el pequeño grupo se dividió de manera natural; por un lado él y su hija; por el otro los dos señores Knightley; sus temas totalmente distintos, o muy raras veces mezclados—y Emma uniéndose solo de vez en cuando a uno o a otro.
Los hermanos hablaron de sus propios asuntos y ocupaciones, pero principalmente de los del mayor, cuyo carácter era mucho más comunicativo y que siempre hablaba más.
Como magistrado, solía tener alguna cuestión legal que consultar con John, o, al menos, alguna anécdota curiosa que contar; y como agricultor, dado que llevaba directamente la finca familiar de Donwell, tenía que explicar qué iba a producir cada campo el año próximo, y aportar toda aquella información local que sin duda resultaba interesante para un hermano que había considerado aquel lugar su hogar durante la mayor parte de su vida y cuyos afectos eran fuertes.
El trazado de un desagüe, el cambio de una cerca, la tala de un árbol y el destino de cada acre para trigo, nabos o cereal de primavera eran tratados con tanta igualdad de interés por parte de John como se lo permitían sus maneras más frías; y si su entregado hermano alguna vez le dejaba algo sobre qué preguntar, sus preguntas rayaban incluso en un tono de entusiasmo.