—¡Oh! no me diga eso. De veras es usted una muchacha muy formal, y no sabe cómo cuidarse.—¡A la oficina de correos, en efecto! Señora Weston, ¿ha oído usted cosa igual? Usted y yo debemos ejercer nuestra autoridad de manera categórica.
—Mi consejo —dijo la señora Weston con amabilidad y persuasión—, ciertamente me siento tentada a darlo. Señorita Fairfax, no debe correr tales riesgos. Tan propensa como ha sido usted a los catarros fuertes, la verdad es que debería cuidarse especialmente, sobre todo en esta época del año. Siempre me ha parecido que la primavera exige más cuidados de lo habitual. Es mejor esperar una hora o dos, o incluso medio día por sus cartas, que correr el riesgo de que le vuelva la tos. Vamos, ¿no cree usted que debería hacerlo? Sí, estoy segura de que es demasiado sensata. Tiene cara de no volver a hacer tal cosa.
—¡Oh! no volverá a hacer semejante cosa —replicó con entusiasmo la señora Elton—. No le permitiremos que vuelva a hacer semejante cosa—; y asintiendo con complicidad—: habrá que tomar alguna medida, de verdad que sí. Hablaré con el señor E. El hombre que va a buscar nuestras cartas todas las mañanas (uno de nuestros hombres, olvido su nombre) preguntará también por las suyas y se las traerá. Eso eliminará todas las dificultades, ya sabe; y de nuestra parte, querida Jane, creo verdaderamente que no puede tener ningún reparo en aceptar tal facilidad.
—Es usted extremadamente amable —dijo Jane—; pero no puedo renunciar a mi paseo temprano. Me han aconsejado que esté al aire libre todo lo posible, tengo que caminar a alguna parte, y la oficina de correos es un buen pretexto; y, a decir verdad, casi nunca he tenido una mala mañana antes.
—Querida Jane, no hablemos más del asunto. Está decidido, es decir (con risa afectada), hasta donde yo puedo presumir de decidir algo sin el