“¡Qué horror!—Exactamente así, en efecto.—Se la echará de menos a cada momento.”
Esto era muy apropiado; el suspiro que lo acompañó era verdaderamente estimable; pero debería haber durado más. Emma se quedó bastante consternada cuando, solo medio minuto después, él comenzó a hablar de otras cosas y con un tono de la mayor alegría y entusiasmo.
“Qué excelente invento —dijo—, el uso de una piel de oveja para los carruajes. ¡Qué cómodo lo hace!; es imposible sentir frío con tales precauciones. Los ingenios de los tiempos modernos han hecho que el carruaje de un caballero sea verdaderamente perfecto. Uno se encuentra tan protegido y resguardado de la intemperie, que ni una brizna de aire puede filtrarse sin permiso. El clima ya no importa en absoluto. Es una tarde muy fría..., pero en este carruaje no nos enteramos de nada.—¡Ajá!, nieva un poco, ya veo”.
—Sí —dijo John Knightley—, y creo que tendremos bastante de ello.
—Tiempo de Navidad —observó el señor Elton—. Muy de la estación; y podemos considerarnos sumamente afortunados de que no empezara ayer e impidiera la reunión de hoy, lo cual muy bien podría haber hecho, pues el señor Woodhouse apenas se habría arriesgado de haber mucha nieve en el suelo; pero ahora ya no importa. Ésta es la época propicia para las reuniones amistosas. En Navidad todo el mundo invita a sus amigos a casa, y la gente hace poco caso aun del peor tiempo. Una vez me quedé incomunicado por la nieve en casa de un amigo durante una semana. Nada podría ser más agradable. Fui por una sola noche y no pude marcharme hasta exactamente una semana después.
Mr. John Knightley parecía no comprender el placer, pero se limitó a decir, con frialdad:
“No puedo desear quedar incomunicada por la nieve una semana en Randalls”.