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Capítulo XX

Emma no pudo por menos que sentir todo aquello; y luego, su rostro⁠—sus facciones⁠—, había en ellas en conjunto más belleza de la que recordaba; no era regular, pero era una belleza muy agradable. A sus ojos, de un gris profundo, con oscuras pestañas y cejas, nunca se les había escatimado el elogio; mas la tez, que ella solía criticar por carecer de color, poseía una diafanidad y una finura que en verdad no precisaban de mayor lozanía. Era un estilo de belleza cuyo carácter reinante era la elegancia, y como tal, por honor, por todos sus principios, debía admirarlo:⁠—una elegancia que, ya fuera de persona o de espíritu, tan poco veía en Highbury. Allí, no ser vulgar ya era distinción y mérito.

En resumen, estuvo sentada durante la primera visita, mirando a Jane Fairfax con una complacencia doble: la sensación de placer y la de hacer justicia, y estaba resuelta a no aborrecerla más. Cuando asimiló su historia, en efecto, su situación, así como su belleza; cuando consideró a qué estaba destinada toda esa elegancia, de qué nivel iba a descender, cómo iba a vivir, parecía imposible sentir otra cosa que compasión y respeto; sobre todo si a cada detalle bien conocido que la hacía merecedora de interés se añadía la circunstancia altamente probable de un apego hacia el señor Dixon, que ella misma se había planteado de forma tan natural. En ese caso, nada podía ser más digno de lástima ni más honorable que los sacrificios que ella había decidido hacer. Emma estaba muy dispuesta ahora a absolverla de haber desviado las acciones del señor Dixon respecto a su esposa, o de cualquier maldad que su imaginación le hubiera sugerido al principio. Si era amor, podía ser un amor simple, único, infructuoso por su parte sola. Bien podía haber estado absorbiendo inconscientemente el triste veneno mientras compartía su conversación con su amiga; y, por los

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