recordó su primer y desolado tête-à-tête, la noche de la boda de la señora Weston; pero el señor Knightley había entrado entonces, poco después del té, y había disipado cualquier fantasía melancólica. ¡Ay! Semejantes y deliciosas pruebas del atractivo de Hartfield, como las que ese tipo de visitas transmitían, bien pronto podrían tocar a su fin. El cuadro que entonces se había pintado de las privaciones del invierno que se acercaba había resultado erróneo; ningún amigo los había abandonado, ningún placer se había perdido.—Pero temía que sus presentes corazonadas no experimentaran ninguna contradicción semejante. El panorama que ahora se abría ante ella era amenazante hasta un punto que no podía disiparse por completo—que tal vez ni siquiera pudiera aclararse parcialmente. Si ocurría todo lo que podía ocurrir en el círculo de sus amigos, Hartfield se vería comparativamente abandonado; y ella, abocada a animar a su padre con los ánimos propios de una felicidad arruinada.
El hijo que iba a nacer en Randalls debía ser allí un lazo incluso más querido que ella misma; y el corazón y el tiempo de la señora Weston estarían ocupados por él. La perderían a ella; y, probablemente, en gran medida, también a su marido. Frank Churchill no volvería a estar entre ellos; y era razonable suponer que la señorita Fairfax dejaría pronto de pertenecer a Highbury. Se casarían y se establecerían en Enscombe o cerca de allí. Todo lo que era bueno se retiraría; y si a estas pérdidas se añadía la pérdida de Donwell, ¿qué quedaría de sociedad alegre o racional a su alcance? ¡Que el señor Knightley ya no viniera allí para su consuelo vespertino! ¡Ya no entraría a todas horas, como si siempre estuviera dispuesto a cambiar su propio hogar por el de ellos! ¿Cómo iba a soportarse aquello? Y si él llegaba a perderse para ellos por causa de Harriet; si en adelante se pensaba en él como alguien que hallaba en la compañía de Harriet todo lo que necesitaba; si Harriet había de ser la elegida, la primera, la más querida, la amiga, la esposa en quien él buscaba todas las mejores bendiciones de la existencia; ¿qué podía aumentar la desdicha de Emma sino la reflexión, nunca muy distante de su mente, de que todo había sido obra suya?