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Capítulo XLVIII

recordó su primer y desolado tête-à-tête, la noche de la boda de la señora Weston; pero el señor Knightley había entrado entonces, poco después del té, y había disipado cualquier fantasía melancólica. ¡Ay! Semejantes y deliciosas pruebas del atractivo de Hartfield, como las que ese tipo de visitas transmitían, bien pronto podrían tocar a su fin. El cuadro que entonces se había pintado de las privaciones del invierno que se acercaba había resultado erróneo; ningún amigo los había abandonado, ningún placer se había perdido.⁠—Pero temía que sus presentes corazonadas no experimentaran ninguna contradicción semejante. El panorama que ahora se abría ante ella era amenazante hasta un punto que no podía disiparse por completo⁠—que tal vez ni siquiera pudiera aclararse parcialmente. Si ocurría todo lo que podía ocurrir en el círculo de sus amigos, Hartfield se vería comparativamente abandonado; y ella, abocada a animar a su padre con los ánimos propios de una felicidad arruinada.

El hijo que iba a nacer en Randalls debía ser allí un lazo incluso más querido que ella misma; y el corazón y el tiempo de la señora Weston estarían ocupados por él. La perderían a ella; y, probablemente, en gran medida, también a su marido. Frank Churchill no volvería a estar entre ellos; y era razonable suponer que la señorita Fairfax dejaría pronto de pertenecer a Highbury. Se casarían y se establecerían en Enscombe o cerca de allí. Todo lo que era bueno se retiraría; y si a estas pérdidas se añadía la pérdida de Donwell, ¿qué quedaría de sociedad alegre o racional a su alcance? ¡Que el señor Knightley ya no viniera allí para su consuelo vespertino! ¡Ya no entraría a todas horas, como si siempre estuviera dispuesto a cambiar su propio hogar por el de ellos! ¿Cómo iba a soportarse aquello? Y si él llegaba a perderse para ellos por causa de Harriet; si en adelante se pensaba en él como alguien que hallaba en la compañía de Harriet todo lo que necesitaba; si Harriet había de ser la elegida, la primera, la más querida, la amiga, la esposa en quien él buscaba todas las mejores bendiciones de la existencia; ¿qué podía aumentar la desdicha de Emma sino la reflexión, nunca muy distante de su mente, de que todo había sido obra suya?

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