El peligro, sin embargo, era tan imperceptible en el presente, que de ningún modo los consideraba infortunios.
Llegó la pena —una pena apacible—, pero de ningún modo bajo la forma de una conciencia desagradable.— La señorita Taylor se había casado. Fue la pérdida de la señorita Taylor lo que trajo el primer dolor. Fue en el día de la boda de esta querida amiga cuando Emma se sentó por primera vez a meditar con duradera tristeza. Terminada la boda y marchados los invitados, su padre y ella se quedaron a cenar juntos, sin perspectiva de una tercera persona que animara una larga tarde. Su padre se dispuso a dormir después de cenar, como de costumbre, y a ella solo le quedó entonces sentarse a pensar en lo que había perdido.
El acontecimiento prometía toda la felicidad posible para su amiga. El señor Weston era un hombre de carácter irreprochable, desahogada posición, edad apropiada y agradables modales; y era cierto motivo de satisfacción considerar con cuánta abnegada y generosa amistad ella siempre había deseado y favorecido el enlace; pero para ella aquello era una aciaga mañana de trabajo. La falta de la señorita Taylor se dejaría sentir a cada hora de todos los días. Recordaba su bondad pasada —la bondad, el afecto de dieciséis años—, cómo le había enseñado y cómo había jugado con ella desde los cinco años de edad, cómo había dedicado todas sus facultades a apegarla a ella y entretenerla en la salud, y cómo la había cuidado durante las diversas enfermedades de la infancia. Se le debía una gran deuda de gratitud; pero el trato de los últimos siete años, la igualdad de trato y la perfecta franqueza que pronto habían seguido al matrimonio de Isabella, al quedarse solas la una para la otra, era un recuerdo aún más querido y tierno. Había sido una amiga y compañera como pocos poseían: inteligente, bien informada, útil, afable, conocedora de todas las costumbres de la familia, interesada en todos sus asuntos, y singularmente interesada en ella misma, en cada uno de sus placeres, en cada uno de sus proyectos; alguien a quien podía expresar cada pensamiento en cuanto surgía, y que le tenía un afecto tal que jamás podía encontrarle defectos.