Harriet durmió en Hartfield esa noche. Desde hacía algunas semanas pasaba allí más de la mitad de su tiempo y poco a poco había ido consiguiendo que le destinaran un dormitorio propio; y Emma juzgó conveniente en todos los aspectos, lo más seguro y bondadoso, tenerla con ellos el mayor tiempo posible en esos momentos.
Estaba obligada a ir a la mañana siguiente durante una hora o dos a casa de la señora Goddard, pero entonces se acordaría que regresara a Hartfield para hacer una visita formal de algunos días.
Mientras ella estaba fuera, el señor Knightley hizo una visita y estuvo un rato con el señor Woodhouse y Emma, hasta que el señor Woodhouse, que ya se había propuesto salir a caminar, fue persuadido por su hija para no posponerlo, y se vio inducido por los ruegos de ambos, aunque en contra de los escrúpulos de su propia cortesía, a dejar al señor Knightley con ese propósito.
El señor Knightley, que no tenía nada de ceremonioso, ofrecía con sus respuestas cortas y tajantes un divertido contraste frente a las prolongadas disculpas y amables vacilaciones del otro.
“Pues bien, creo que, si me disculpa, Mr. Knightley, si no me considera usted muy grosera, voy a seguir el consejo de Emma y a salir un cuarto de hora. Como ha salido el sol, creo que haré bien en dar mis tres vueltas mientras pueda. Me tomo estas confianzas con usted, Mr. Knightley. Los inválidos creemos que somos personas privilegiadas”.
—Mi querido señor, no me trate como a un extraño.
—Dejo un sustituto excelente en mi hija. Emma estará encantada de hacerles compañía. Y por eso creo que voy a pedirles disculpas y a dar mis