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Capítulo XLI

Knightley y se volvió hacia él en busca de ayuda. La palabra era disparate; y al proclamarla Harriet exultante, apareció en la mejilla de Jane un sonrojo que le otorgaba un significado que de otro modo no se habría manifestado. El señor Knightley la relacionó con el sueño; pero cómo encajaba todo aquello superaba su comprensión. ¡Cómo se habían podido dormir la delicadeza y la discreción de su favorita! Temía que hubiese alguna complicación evidente. La falta de franqueza y el doble juego parecían salirle al paso a cada instante. Esas letras no eran más que el vehículo para la galantería y el engaño. Era un juego de niños, elegido para ocultar una jugada más profunda por parte de Frank Churchill.

Con gran indignación continuó observándolo; con gran alarma y desconfianza, observó también a sus dos compañeros cegados. Vio que le preparaba una palabra corta a Emma, y se la entregaba con una mirada astuta y recatada. Vio que Emma pronto la descifró y la encontró muy entretenida, aunque era algo que consideraba oportuno aparentar censurar; pues dijo: «¡Tonterías! ¡Qué vergüenza!». Oyó a continuación que Frank Churchill decía, con una mirada hacia Jane: «Se la daré a ella, ¿lo hago?»; y

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