Emma estaba a punto de desmayarse bajo la agitación de aquel momento. El temor a ser despertada del más feliz de los sueños era tal vez el sentimiento más destacado.
—No puedo hacer discursos, Emma —prosiguió al poco rato; y en un tono de una ternura tan sincera, decidida y clara que resultaba bastante convincente—.—Si te amara menos, tal vez podría hablar más de ello. Pero tú sabes cómo soy.—No oyes de mí más que la verdad.—Te he censurado y te he dado sermones, y los has soportado como ninguna otra mujer en Inglaterra los habría soportado.—Soportar las verdades que voy a decirte ahora, queridísima Emma, tan bien como las has soportado antes. El modo, tal vez, tenga poco que los recomiende. Dios sabe que he sido un amante muy mediocre.—Pero tú me comprendes.—Sí, ya ves que comprendes mis sentimientos, y los corresponderás si puedes. Por ahora, solo pido oír, oír una sola vez tu voz.
Mientras él hablaba, la mente de Emma trabajaba con gran intensidad y, con la asombrosa velocidad del pensamiento, había sido capaz —y ello sin perder una sola palabra— de captar y comprender la absoluta verdad de todo aquello; de ver que las esperanzas de Harriet habían carecido por completo de fundamento, que eran un error, una ilusión, una ilusión tan absoluta como cualquiera de las suyas; de ver que Harriet no era nada, que ella misma lo era todo; que lo que había estado diciendo en relación con Harriet se había interpretado por entero como la expresión de sus propios sentimientos; y que su agitación, sus dudas, su reticencia, su desaliento, habían sido recibidos como un desaliento proveniente de ella misma. Y no solo hubo tiempo para estas certezas, con todo el fulgor de felicidad que las acompañaba; también hubo tiempo para regocijarse de que el secreto de Harriet no se le hubiera escapado, y para decidir que no era necesario, ni debía hacerlo. Era todo el servicio que ahora podía