imaginar un repertorio de expresiones, o un tono de voz, menos emparentados con el amor sincero. No tenía por qué molestarse en compadecerlo. Él solo quería engrandecerse y enriquecerse; y si la señorita Woodhouse de Hartfield, la heredera de treinta mil libras, no se dejaba conseguir con tanta facilidad como él había imaginado, pronto iría tras alguna otra señorita con veinte mil, o con diez.
¡Pero—que él hablara de aliento, que la considerara al tanto de sus intenciones, aceptando sus atenciones, con la intención (en suma) de casarse con ella!—¡que se supiera su igual por linaje o por talento!—¡menospreciar a su amiga, comprendiendo tan bien las gradaciones de rango por debajo de él, y estar tan ciego a lo que seelevaba por encima, como para imaginarse que no mostraba ninguna presunción al dirigirse a ella!—Era sumamente irritante.
Quizás no era justo esperar que él sintiera cuánto era su inferior en talento y en todas las elegancias del espíritu. La misma falta de tal igualdad podría impedirle percibirla; pero tenía que saber que en fortuna y posición social ella le era muy superior. Tenía que saber que los Woodhouse llevaban asentados varias generaciones en Hartfield, la rama menor de una familia muy antigua, y que los Elton no eran nadie. La propiedad territorial de Hartfield era ciertamente exigua, al ser una especie de muesca en la finca de Donwell Abbey, a la que pertenecía todo lo demás de Highbury; pero su fortuna, procedente de otras fuentes, era tal que apenas los situaba por detrás de la propia Donwell Abbey en cualquier otro tipo de relevancia; y los Woodhouse habían ocupado durante mucho tiempo un lugar elevado en la consideración de la vecindad, a la que el señor Elton había llegado hacía apenas dos años para abrirse camino como pudiera, sin más vínculos que con el comercio, ni nada que lo recomendara a la atención salvo su situación y su amabilidad. Pero él se había imaginado que ella estaba enamorada de él;