Los amargos sentimientos ocasionados por este discurso, los muchos amargos sentimientos, hicieron necesario el mayor esfuerzo por parte de Emma para poder responder:
“Harriet, solo me atreveré a declarar que el señor Knightley es el último hombre en el mundo que daría intencionadamente a ninguna mujer la idea de que siente por ella más de lo que realmente siente”.
Harriet parecía dispuesta a adorar a su amiga por una frase tan satisfactoria; y Emma solo se libró del éxtasis y la ternura, que en ese momento habrían sido una penitencia terrible, por el sonido de los pasos de su padre.
Él venía por el vestíbulo.
Harriet estaba demasiado alterada para enfrentarse a él.
«No lograba calmarse —el señor Woodhouse se alarmaría—; era mejor que se fuera»; con el más pronto estímulo de su amiga, por lo tanto, salió por otra puerta y, en cuanto se hubo marchado, este fue el estallido espontáneo de los sentimientos de Emma: «¡Dios mío! ¡Ojalá no la hubiera visto nunca!».
El resto del día, la noche siguiente, apenas le bastaron para ordenar sus pensamientos. Estaba desconcertada en medio de la confusión de todo lo que se le habíavenido encima en las últimas horas. Cada momento había traído una nueva sorpresa; y cada sorpresa tenía que ser motivo de humillación para ella. ¡Cómo comprenderlo todo! ¡Cómo comprender los engaños que se había venido infligiendo a sí misma y bajo los cuales había vivido! ¡Los errores, la ceguera de su propia cabeza y de su propio corazón! Se sentaba, caminaba de un lado a otro, probaba en su